DEPORTE DE ALTO RENDIMIENTO Y EVOLUCIÓN MENTAL

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El alto rendimiento es la maximización de los recursos técnicos, físicos y mentales del deportista, con el objetivo de traspasar continuamente los propios límites en el contexto de una constante generación de espacios de aprendizaje. Es la producción deportiva superior, estable y con logros concretos, mantenidos y sostenidos en el tiempo.

Algunas estrategias que funcionan para un rendimiento medio pueden ser contraproducentes para el alto rendimiento. La cantidad de comentarios, opiniones, prejuicios y errores que existen sobre el tema es enorme; y el simple sentido común y la opinión del simpatizante tampoco tienen demasiada relevancia en lo que respecta al tratamiento profesional del deporte, ya que muchas veces están sesgados por el afán de obtener resultados.

El alto rendimiento exige profesionalismo. Los principios son pocos pero sus combinaciones son infinitas. Sus valores centrales son: perseverancia, determinación, disfrute, disciplina y buen juego; este último es complejo, exige rutina y exploración del límite, y supone un desafío, el vínculo con el otro en el juego evolucionado.

Es necesario diferenciar las causas de las consecuencias, ya que no es posible entender ni resolver situaciones enfocándose directamente en estas últimas. Primero se deben comprender las causas de dichas situaciones. Exigir al deportista compromiso, ganas, esfuerzo, valentía, constancia, y dedicación no debe basarse en clichés del mundo deportivo, deben ser consecuencias que se originan en causas contundentes, sólidas y abstractas, como la confianza en las propias capacidades, y la capacidad de visión del futuro con objetivos claros. Si el deportista no desarrolla una visión, de nada sirve exigir compromiso, ganas o cualquier otra cosa.

Hay una gran diferencia entre ver las cosas como “son” y verlas según como “deberían ser”. Centrarse en la primera forma permite recorrer un camino para entenderlas y orientarlas, mientras que centrarse en la segunda significa focalizar en que se requiere uno o varios pasos más, orientándose hacia lo que falta. No se trata de carecer de un horizonte hacia donde se trabaje, pero la clave está en aceptar la realidad actual desde la cual se parte, porque enojarse con ésta es el peor comienzo para llegar a donde se quiere.

La constelación mental es compleja, pero mediante la reflexión es posible abordar sus distintas dimensiones. Podemos diferenciar con claridad las sensaciones –que son los aspectos que se perciben instantáneamente en el cuerpo– de los conceptos. Las primeras están asociadas al corazón y los últimos a la mente. Descubrir dónde se unen permite lograr la coherencia y congruencia de todo el sistema mental.

Las sensaciones y las emociones siempre son el resultado de las ideas o pensamientos de fondo de la mente. Para lograr los cambios a nivel mental, hay que detectar esos conceptos, entenderlos y cambiarlos para purificar las emociones que sostienen la confianza. Son estas emociones subyacentes las que moldean la conducta observable mediante los pensamientos. Para modificar el nivel observable, se deben atacar las emociones que los disparan automáticamente.

Las emociones son el contenido más volátil de la mente y las convicciones el más estable, pero al mismo tiempo los primeros sustentan a los segundos. Al priorizar la emoción, el estado de ánimo se vuelve cambiante, el deportista inundado por emociones vive desconcentrado y cualquier estímulo lo distrae, pasa de un estado de ánimo eufórico a desplomarse por el más mínimo fracaso. Es necesario hablar sobre las emociones, descubrirlas y trabajarlas; conocer qué emociones disparan las conductas y los pensamientos concretos permite desestructurar las emociones negativas.

El deportista debe aprender a identificar sus emociones antes, durante y después de la competencia, para analizarlas con tranquilidad y poder reemplazarlas por convicciones meditadas.

Un nivel bajo de emociones garantiza la convicción necesaria para perseverar el asentamiento del propio sistema de juego durante la competencia y lograr el triunfo. Esta convicción se refleja en un inicio con calma, sin exaltación, para un final sostenido que se traduce en el resultado: no gana el que quiere ganar sino el que realmente cree que va a ganar.

Los cambios siempre se dan de manera gradual; la mejora de la performance mental es un proceso que exige tiempo, hace falta paciencia para poder cambiar las ideas actuales por otras más evolucionadas. Lo mental se construye, es un trabajo para el mediano-largo plazo y no sirve para resolver urgencias. Lo mismo ocurre con los equipos, como las casas, no se hacen de repente sino que se construyen con esfuerzo

Buscar al psicólogo deportivo en una crisis de resultados deja ver la falta de importancia que se le dió previamente al aspecto mental. Por otra parte, la expectativa de que el cambio se produzca instantáneamente refleja el desconocimiento de los tiempos para el cambio. Los resultados no son instantáneos pero se pueden ver a las semanas de haber comenzado el proceso. Si el trabajo se sostiene en un plan de acción bien hecho, en menos de un mes se cosechan los primeros logros.

Siempre que se introduce un cambio en la técnica, en la estrategia, en el modo de jugar o en la incorporación de un nuevo movimiento o habilidad, hay una alteración en el rendimiento, una caída. Es una inversión que se debe aceptar para que una vez incorporado el cambio en el sistema, el rendimiento sea superior. Las modificaciones deben ser asimiladas, incorporadas al sistema que al mismo tiempo logra instalarse en un nuevo nivel.

Los niveles de evolución mental, de inferior a superior, son los siguientes: apatía, desesperación, tranquilidad y excitación controlada. Los más comunes son los intermedios, como la desesperación –donde la emoción central es el miedo a perder– o la tranquilidad, que está en relación con la resolución de ese miedo a perder, la persona se da el tiempo, se relaja sin maximizar.

Del estado de desesperación o ansiedad se puede caer en el de apatía, que se caracteriza por la desconexión con cualquier tipo de impulso, expectativa e interés. No es lo mismo ser tímido que ser apático; sin embargo, en la timidez siempre hay algún rasgo de apatía, cierto bloqueo y resignación por no poder dar rienda suelta al propio impulso comunicándolo.

El estado de tranquilidad resuelve el miedo a perder mediante el hecho de haber dado la competencia por perdida; esto repercute en un significativo, inesperado y errático aumento del rendimiento, es una tranquilidad negativa. Lo mismo sucede al usar el enojo para perder el miedo, porque tanto la tranquilidad como el enojo, en este caso, no están basados en la confianza sino en la disminución de la presión.

Del estado de tranquilidad se evoluciona al estado de excitación controlada, el cual tiene que ver con la conexión con el impulso así como con la confianza en las capacidades y posibilidades propias. El deportista, entonces, logra enfocarse en el juego y no en el resultado. Las ganas de ganar como objetivo final siempre están presentes, pero deben fortalecerse los medios con los que cuenta cada uno.

El estado de máximo nivel mental asusta a muchos deportistas y entrenadores porque la excitación positiva puede ser confundida con descontrol o con la excitación como resultado de una arenga, lo que se conoce como estar “pasados de rosca”. El entrenador debe entender esta situación para abordarla de un modo efectivo y capitalizarla. En ocasiones puede observarse una resistencia a la colaboración de especialistas en psicología deportiva pero los aspectos mentales no pueden ser comprendidos desde el sentido común, existen numerosas cuestiones que lo superan y no pueden ser abarcadas desde la experiencia del entrenador. Cuando esto es negado, y el manejo de las situaciones excede sus capacidades, los resultados no acompañan.

Resulta de gran importancia que el entrenador, o deportista maduro reconozca la necesidad de trabajar los aspectos mentales de modo profesional y tenga la humildad de recibir el asesoramiento de un especialista. Se logra así un trabajo interdisciplinario que complementa su experiencia y conocimientos relacionados al deporte. L perspectiva psicológica permite comprender los fenómenos mentales que, si son adecuadamente encarados, pueden ser previstos y redireccionados, así como los aspectos grupales pueden ser tratados para alcanzar mejores resultados.

La psicología del deporte tiene un rasgo característico. Como rama de la psicología, apunta a trabajar los estados mentales intervinientes en las tareas, y a optimizar su funcionamiento. Detecta déficits y trabaja en ellos para obtener así mejores resultados en el desempeño de la tarea. Sin embargo, al ser el deporte el aspecto clave, no es posible dejar la tarea como consecuencia del desarrollo personal, sino que el resultado final del jugador –ganar– debe estar siempre en mente. Sólo que debe aprenderse a trabajar estratégicamente para lograrlo.

Hay distintos esquemas mentales de deporte, que pueden ser de un veinte, cincuenta, ochenta o cien por ciento. Cuanto más puro y más consistente es el sistema, menos grietas tiene. Si es cincuenta por ciento, funciona el cincuenta por ciento de las veces. Es el porcentaje de tiempo que el sistema le permite estar conectado con una mente de alto rendimiento.

El resultado es parte de la realidad pero funciona más como indicador de cómo van las cosas. Por eso, no se puede usar para validar quién es el mejor, ya que no se trata de ir por el camino de los resultados sino por el de elegir ser mejor, porque así se quiere. Los deportes son como la vida, se juega de acuerdo a cómo es la persona. Si el deportista es bueno hará cosas buenas y tendrá resultados buenos, este recorrido es inevitable. Es injusto pretender resultados por haber puesto pilas, esfuerzo, disciplina y método sin que haya una transformación, los resultados son consecuencia de ésta.

En el ámbito deportivo, una buena herramienta resulta de basarse en los hechos, más allá de los dichos. Guiarse por las palabras muchas veces resulta tramposo y lleva a enredarse continuamente, generando susceptibilidad. Se debe aprender a hacer una abstracción y observar la totalidad de las situaciones.

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